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ACTIVISTAS. Entre la causa, la contradicción y el vacío

15/10/2025

Activistas 1 sin consenso

Índice de contenidos
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  • Nuevos cruzados, misma fe ciega
  • La estética del gesto
  • La búsqueda de un sentido
  • Las contradicciones
  • Entre la fe y el vacío

Nuevos cruzados, misma fe ciega

El pasado día de la Hispanidad, dos activistas arrojaron pintura sobre el cuadro «Primer homenaje a Colón» en el Museo Naval de Madrid. No era un gesto nuevo, pero sí una muestra más del activismo convertido en espectáculo. La escena duró segundos, lo suficiente para saturar las redes y dividir a la opinión pública; héroes o idiotas según quién mirase. Días antes, otra noticia llegaba desde el Mediterráneo, cuando una flotilla humanitaria hacia Gaza fue interceptada por Israel. En los videos oficiales israelíes, un portavoz mostraba un barco vacío y se preguntaba si aquello era una broma. No se trata de creer a Israel, ya que su relato también tiene intereses como luego comentaremos, pero tampoco se puede ignorar que el activismo frecuentemente mezcla verdad y espectáculo. Hoy, el activismo es también un teatro de verdades parciales.

Parte del activismo no se mueve tanto por una comprensión profunda del conflicto, sino por la necesidad personal de pertenecer y tener una causa que dé sentido a su vida. En ellos, el activismo funciona más como identidad que como análisis político. Las flotillas, campamentos o protestas son espacios de comunidad, de adrenalina moral y de propósito. No necesariamente es algo falso, pero mezcla convicción con búsqueda de significado. Algunos luchan por justicia y otros buscan sentirse parte de algo grande, ambos conviven aunque con motivaciones muy distintas.

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La estética del gesto

En los últimos años, el activismo se ha vuelto profundamente visual. Acciones diseñadas para ser virales más que para generar un cambio real, como pintura sobre Las Meninas (no el original), sopa sobre Los girasoles, más tarta y sopa sobre la Mona Lisa, bloqueos de carreteras, cuerpos desnudos frente a mataderos, pancartas pegadas al Congreso o al Prado. En España, grupos como Futuro Vegetal o Extinction Rebellion entienden el acto como performance, pero el objetivo no es convencer, sino impactar. 

Hace años, activistas radicales de asociaciones animalistas forzaron la liberación masiva de visones americanos en granjas de Galicia, acciones que la prensa documentó como incidentes de gran alcance, con más de 8.000 ejemplares liberados en una década. Esas sueltas, unidas a fugas puntuales en las propias explotaciones, hicieron que el visón americano se consolidara en España como una especie exótica invasora, cuyo establecimiento en el medio natural amenaza a la fauna autóctona y ha obligado a desarrollar planes oficiales de control y erradicación.

Liberarlos, lejos de ser una medida de «salvación» ya que la mayoría murieron, empeoró la situación del ecosistema, y es un ejemplo claro de cómo actos escenificados —con buena intención ética para algunos— terminan provocando daños reales y difíciles de revertir.

En ese sentido, el activista contemporáneo comparte más con el artista conceptual que con el militante clásico. Lo que importa no es el contenido de la protesta, sino la imagen épica del gesto. Sin embargo, ésta se agota cuando llega la realidad, y es entonces cuando el activismo visual muestra su lado más vacío y contradictorio.

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La búsqueda de un sentido

La sociología lleva años analizando el fenómeno. Doug McAdam (Stanford, 1986) definió el activismo como una identidad más que como una acción, un refugio existencial. Joshua Greene, en Moral Tribes (Harvard), sostiene que el impulso moral colectivo genera adicción a la identidad grupal. Y Jonathan Haidt advierte del “tribalismo moral”, es decir, se alinean fuertemente con su grupo y sus valores, como si fueran una tribu, y la causa sustituye en gran medida a la religión. Para muchos jóvenes, el activismo no es solo compromiso: es pertenencia, propósito, narrativa. Albert Camus ya lo anticipó en El hombre rebelde: el que no encuentra sentido en su vida busca causas que le den uno.

Respecto a los activistas radicales, a nivel psicológico, estudios publicados en Frontiers in Psychology han detectado niveles elevados de ansiedad y narcisismo moral. Son personas que necesitan sentirse «los buenos», aunque los medios contradigan su fin. Algunos psiquiatras lo llaman «síndrome del salvador moral», la necesidad de redimir el mundo para no enfrentarse al propio vacío.

Las contradicciones

¿Hasta qué punto el activismo moderno busca la verdad y hasta qué punto busca llamar la atención? El caso de la flotilla hacia Gaza generó controversia, ya que los videos oficiales mostraban un barco vacío mientras los organizadores afirmaban que sí llevaba ayuda humanitaria, algo que ningún medio independiente pudo verificar. No es el único ejemplo donde la verdad se diluye entre propaganda y ego. En 2023, activistas de Extinction Rebellion afirmaron haber paralizado la producción de petróleo en Noruega; luego se supo que solo habían bloqueado una carretera secundaria. En 2024, varios miembros de Futuro Vegetal reconocieron haber manipulado imágenes de ganado supuestamente muerto por el calor, tomadas en otro país, y en ocasiones se han difundido fotos de protestas con supuestos desórdenes que luego resultaron ser escenificaciones para medios.

La contradicción es profunda. Quienes dicen luchar por la verdad y la justicia, manipulan a menudo los hechos para sostener el relato. Pero hay otra verdad incómoda, el sistema necesita de esos gestos para mantener la ilusión de pluralidad. Los gobiernos toleran y hasta alimentan cierto grado de activismo porque distrae de otros asuntos incómodos, genera espectáculo y canaliza frustraciones.

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Entre la fe y el vacío

No todo es impostura. Muchos activistas actúan por sincera preocupación por el cambio climático, la desigualdad, los abusos de poder. Pero el problema está en el método, no en la causa. Cuando el gesto sustituye al pensamiento, el activismo se convierte en una forma de autoafirmación. Detrás del megáfono o del bote de pintura hay, muchas veces, una vida sin rumbo, una necesidad de ser alguien, aunque sea por un minuto de atención global.

Los activistas son los nuevos cruzados de una era sin dioses. Buscan sentido en la protesta, redención en la cámara y pertenencia en el grupo. Su grito tiene algo de verdad, pero también mucho de vacío. Son el síntoma de una sociedad que ya no sabe distinguir entre moral y espectáculo, entre la justicia y su parodia. Tal vez quieran salvar el mundo, tal vez no, tal vez solo a sí mismos de la indiferencia.

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Publicado en: Política

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