Preparacionistas
Basta un apagón eléctrico generalizado para poner en jaque a cualquier ciudad moderna. El agua no sube a los pisos altos, los supermercados cierran porque no pueden cobrar ni refrigerar alimentos, las gasolineras quedan paralizadas, los cajeros no funcionan y los lectores de tarjetas tampoco. Internet no funciona, por lo que no hay compra online, ni reparto, ni gran parte de la comunicación digital. En cuestión de horas, una sociedad que presume de estar preparada para todo se muestra sorprendentemente vulnerable, somos más frágiles de lo que pensábamos.
Lo verdaderamente preocupante es que este escenario no pertenece a ninguna fantasía, es el resultado lógico de cómo funciona hoy nuestra sociedad. Todo parece sólido, eficiente y bajo control… hasta que deja de estarlo. Cuando una pieza se rompe el resto se tambalea, y cae.
En ese contexto aparece una palabra que durante años ha provocado sonrisas o burlas, los preparacionistas (o preppers). Personas que deciden anticiparse a posibles crisis y tener recursos básicos disponibles en casa o a su alcance para resistir varios días, incluso semanas.
Agua suficiente y depuradores, alimentos no perecederos, un pequeño botiquín y medicación personal al menos para dos semanas ante posibles problemas de suministro en farmacias, linternas fiables, baterías, dinero en efectivo y un plan sencillo para la familia.

Durante mucho tiempo se les ha presentado como personajes extravagantes obsesionados con el fin del mundo, la caricatura del individuo aislado con un búnker lleno de latas. Sin embargo, la mayoría de quienes se preparan lo hacen por una razón mucho más simple, prudencia.
En España existe una confianza casi automática en que las autoridades resolverán cualquier problema importante, forma parte de nuestra cultura política.
La realidad suele ser distinta. La pandemia de COVID-19 dejó imágenes de caos difíciles de olvidar. Supermercados vacíos durante los primeros días, hospitales saturados, improvisación constante. Las administraciones reaccionaron tarde, bajo una presión enorme, y con frecuencia improvisando.

Algo parecido ocurre con otras crisis. Grandes incendios que superan la capacidad de extinción durante días, temporales que aíslan pueblos enteros con cortes de carreteras durante jornadas completas. Cada episodio recuerda la misma lección, los sistemas funcionan bien, hasta que dejan de hacerlo. Si los recursos y potencia de todo un país no bastan para resolver un desastre local en pocas horas, ¿qué ocurriría si la emergencia afectara al país entero, incluidas las propias fuerzas de ayuda, cuyos suministros y capacidad de respuesta también dependen de un sistema que acaba de fallar?
No hace falta pensar en mala fe ni en conspiraciones, los Estados tienen límites. Sus recursos no son infinitos y, cuando una emergencia afecta a millones de personas al mismo tiempo, la ayuda probablemente tardará mucho en llegar, si lo hace. Mientras tanto, cada familia se queda sola. La pregunta es necesaria, ¿cuánto tiempo podría mantenerse una familia media en un piso urbano si el suministro eléctrico desapareciera durante una semana?
La logística moderna es extraordinariamente eficiente, pero también extremadamente frágil. Al estár diseñada para que todo llegue justo a tiempo, casi nada se almacena durante mucho tiempo, y cuando el flujo se detiene las estanterías se vacían con rapidez.

En emergencias puntuales pero urgentes, como un incendio, un preparacionista tendrá lista una bolsa con lo esencial para salir inmediatamente. En estos casos sí habrá ayuda inmediata y suministros, pero muchos elementos hoy vitales quedarán fuera de toda recuperación y se perderán, incluyendo el portátil y sus copias de seguridad con información vital de todo tipo. Documentos de trabajo, proyectos profesionales, contraseñas, facturas y comprobantes de pago, dato, contactos, historiales médicos y recuerdos digitales de toda nuestra vida.
El problema real no es si prepararse o no, sino que la mayoría da por hecho que alguien resolverá el problema cuando llegue. El estadista estadounidense Benjamin Franklin lo resumió con una frase sencilla, «By failing to prepare, you are preparing to fail» (Al no prepararte, te estás preparando para fracasar). Por eso, el preparacionismo razonable empieza a parecer menos extravagante y más cercano al sentido común.
Quienes critican el preparacionismo suelen argumentar que fomenta el alarmismo o el individualismo, pero ocurre exactamente lo contrario. Una persona preparada necesita menos ayuda en una crisis y deja más recursos disponibles para quienes realmente no pueden valerse por sí mismos.

El pensador libanés-estadounidense Nassim Nicholas Taleb lo resume de forma simple. Los acontecimientos inesperados no solo ocurren, ocurren con más frecuencia de lo que creemos, aunque tendemos a olvidarlos cuando todo parece funciona. Las sociedades modernas tienden a ignorar esa lección porque la normalidad funciona muy bien casi todo el tiempo. Pero basta una pequeña interrupción para recordar hasta qué punto dependemos de infraestructuras esenciales.
Tener un plan B no es una obsesión, sino una forma de respeto hacia uno mismo y hacia quienes dependen de nosotros. Significa reconocer que la seguridad absoluta no existe. El verdadero problema no es prepararse demasiado, es no prepararse nada. «Sí, tengo que ponerme a hacerlo», «a ver si la semana que viene me pongo con ello».
La próxima crisis no preguntará si estamos listos, llegará como llegan siempre los problemas reales, sin avisar y en el peor momento. Ese día algunos descubrirán que confiaron demasiado, volverán a esperar instrucciones, ayudas o soluciones que tardarán en llegar. Si llegan.
A veces, la diferencia entre pasar por incomodidades o vivir días realmente duros dependerá de algo simple, si decidimos pensar un poco en el futuro cuando todavía todo funcionaba.
Prepararse no es esperar el fin del mundo, sino aceptar algo mucho más probable, que el sistema puede fallar. Y cuando ocurra, que volverá a ocurrir, cada uno descubrirá si confió demasiado en la promesa de que todo estaba bajo control.
