Estas líneas invitan al lector a cuestionar lo que se da por sentado, a meditar sobre la lógica de ciertos discursos. Hay observaciones que subrayan una inconsistencia en el relato oficial y en la percepción mediática. En su análisis no busco un pensamiento neutro ni cómodo, simplemente fundamentado. Eso significa señalar contradicciones, plantear preguntas difíciles, y dejar que el lector se cuestione lo que le llega empaquetado. Hagamos uso del sentido común y no rehuyamos la crítica honesta. Todo ello escrito el 17 de septiembre de 2025.
Es esencial distinguir entre el pueblo israelí y las acciones de sus gobiernos.
Una cosa es un país con ciudadanos que quieren vivir en paz, y otra muy distinta son los dirigentes que deciden cómo se responde a ataques, cómo se ocupa territorio o cómo se gestiona la violencia. Confundir ambas cosas solo conduce a la simplificación burda y al odio.
¿El pueblo palestino podía hacer más?
Según el PCPSR (Palestinian Center for Policy and Survey Research, institución independiente más citada y respetada que hace encuestas de opinión entre la población palestina), el apoyo total a Hamás en los territorios palestinos estaba entorno al 40% antes de la invasión, y que la “lucha armada” como método para terminar con la ocupación contaba con el apoyo alrededor del 54%. En mayo 2025 el apoyo a Hamás entre los palestinos está dividido y a la baja, pero aproximadamente el 50% aprueba aún el ataque de Hamás del 7 de octubre, aunque en Gaza el apoyo es menor.
El 7 de octubre de 2023 Hamás lanzó el ataque sorpresa contra Israel desplegando comandos desde Gaza, asesinaron a unos 1.200 israelíes, civiles y soldados, muchos en sus casas o en un festival de música con jóvenes y familias, y secuestraron a unas 240 personas que fueron llevadas como rehenes a Gaza. Todo ello no justifica la barbarie de esta invasión devastadora de vidas, la llamemos como la llamemos, pero fue el detonante de la guerra actual.
La imagen oficial es que los palestinos son solo víctimas pasivas. Pero décadas de atentados, intifadas y el control de Hamás en Gaza muestran otra cara. Se han excavado kilómetros de túneles bajo hospitales y escuelas para esconder arsenales y preparar ataques. ¿Nadie oyó nada durante años de perforaciones? Miles de trabajadores, vecinos, sanitarios… ¿y silencio absoluto? La pregunta es si esto es realmente posible, o si hay un pacto de silencio similar al que se vivió en el País Vasco con ETA, donde muchos no veían ni oían, pero todos sabían.
La historia es menos simple de lo que nos cuentan.
Se nos repite que Israel ocupa «territorio palestino», pero rara vez se explica que el estado de Palestina nunca existió como tal. La zona estuvo bajo dominio otomano, luego bajo mandato británico y, en 1947, la ONU aprobó un plan de partición en dos Estados: judío y árabe. Israel aceptó y los países árabes lo rechazaron, lanzando una guerra inmediata. Muchos palestinos huyeron —otros fueron expulsados, cierto—, pero también cientos de miles de judíos fueron expulsados de países árabes y acabaron en Israel. El relato de «usurpación» ignora que la historia del territorio es más compleja que la propaganda en blanco y negro.

El papel de Sánchez: convertir tragedia en cortina de humo.
Ante una masacre real en Gaza, más allá de terminología y debates jurídicos, el presidente español ha convertido el conflicto en un arma política. En lugar de actuar como un estadista, lo ha usado para tapar problemas internos, como los escándalo sexuales entre su círculo próximo —a los que él mismo eligió—, la corrupción, la colonización de las instituciones del Estado, desde la presión sobre jueces y fiscales hasta la manipulación de órganos clave como el CIS o RTVE. Y mientras tanto, en Europa lanza discursos como si hablara en nombre de todo un país, que realmente está dividido y con muy poca información objetiva.
La factura militar del veto.
El veto a Israel no es gratis. España ha perdido el sistema de lanzacohetes SILAM, basado en la tecnología israelí PULS, que devolvía capacidad de artillería de largo alcance tras más de una década de vacío. ¿Comprar en otro país? Solo Israel y EE. UU. tienen sistemas operativos similares. Los de EE. UU. serían más caros, llegarían más tarde y sin “transferencia tecnológica”. Transferencia tecnológica es fabricar y reparar aquí un sistema importado, aprendiendo y controlando a fondo su funcionamiento, no solo usarlo.
Con Israel, las empresas españolas no solo iban a recibir el producto, sino aprender a fabricarlo y repararlo aquí. Con el veto, se rompe esa cadena: España paga, pero no aprende, no crea empleo y queda atada a depender de otros.
Lo mismo ocurre con los misiles Spike LR2: 168 lanzadores y 1.680 misiles cancelados, claves para sustituir material obsoleto. Cambiar de proveedor implica años de retrasos y reentrenar a todo un ejército.
Y está el golpe económico directo de la pérdida de contratos de las empresas españolas, como Expal, Escribano o Pap Tecnos. Con el veto, no solo se deja al ejército con menos capacidad, se debilita la industria nacional, se destruye empleo y habrá que abordar indemnizaciones millonarias a Israel por cancelación de contratos. Es legítimo preguntarse si “el veto” se ha hecho con toda la previsión estratégica que exige la seguridad nacional, o si se ha dado prioridad al mensaje político.

La voz internacional que desmiente el relato oficial.
Mette Frederiksen, primera ministra danesa y socialdemócrata como Sánchez, ha señalado sin rodeos que Netanyahu “es un problema en sí mismo” y que la ofensiva israelí en Gaza es catastrófica. Pero al mismo tiempo ha advertido contra el oportunismo político. Criticó a Sánchez por “aplaudir a los gamberros” en las protestas pro-palestinas que paralizaron La Vuelta ciclista, diciendo que ese “parlamento de la calle” destruye el deporte y, a largo plazo, la democracia«,. Y Dinamarca, a diferencia de España, ha dejado claro que no reconocerá un Estado palestino mientras siga dominado por Hamás y sin instituciones viables. Una crítica que viene no de la derecha, sino de alguien de su mismo espacio político.
Las contradicciones europeas que nadie explica.
Sánchez pide ahora sanciones deportivas y televisivas a Israel. Pero en la España de Franco, con más de medio millón de muertos a la espalda, Europa no nos vetó Eurovisión ni nos impidió ganar varias veces. ¿Por qué entonces sí y ahora no? ¿Qué lógica hay? ¿Castigamos al gobierno israelí o a los ciudadanos israelís? Y puestos a preguntar, si el Tour arranca en Barcelona, ¿permitirá Sánchez allí los disturbios de sí permitió en Madrid? ¿Sería capaz de sacar a España de un Mundial de fútbol? Probablemente todas las respuestas son no.
Conclusión
El conflicto israelí-palestino fundamentalmente es un drama humano, que convive con algunas responsabilidades compartidas y matices incómodos. Pero convertirlo en un juguete político para desviar la atención de los problemas internos es algo distinto, es manipulación. Y cuando hasta aliados internacionales socialdemócratas señalan esa incoherencia, la pregunta no es qué lado defiende Sánchez en Oriente Medio, sino qué lado defiende en España: ¿el del país, o el suyo propio?
